Jason Bourne | Crítica

El espía rebasado por el tiempo

Dieciséis años han pasado desde que comenzó el siglo XXI. Época que se inauguró con las palabras “terrorismo”, “conspiración”, “atentado” y otras tantas que los noticieros televisivos han repetido hasta el cansancio. Ese mismo siglo también vio nacer a la franquicia Bourne en el cine, adaptada directamente de las novelas de Robert Ludlum. Esta nueva entrega parece querer convertirse más en una especie de “actualización de software” que en un avance significativo del argumento de la franquicia.

En el mundo real Edward Snowden, Julian Assange y Chelsea Manning son nombres que han pasado a la historia por diversos enfrentamientos sobre privacidad y espionaje contra distintos gobiernos. En el mundo ficticio y cinematográfico también tenemos a estos “héroes” de diversas formas; Jason Bourne es una de ellas.

Bourne enfrenta una vez más a la CIA en pantalla pero fuera de ella su lucha es contra una sociedad acostumbrada a la fuga de datos, al comercio de información y a la palabra “privacidad” como titular de los grandes periódicos. Algo es cierto: en esta última entrega Damon luce los estragos del tiempo. Pero no por su edad sino por el estiramiento forzado de las motivaciones de su personaje.

Jason Bourne es sinónimo de acción, estridencias y secuencias vertiginosas que involucran acrobacias trepidantes. Nadie podrá reprochar la habilidad para dirigir acción de Greengrass y son estas secuencias el elixir testimonial de viejas glorias. Desafortunadamente su exceso ahoga un argumento que no puede respirar ni un segundo y que a duras penas se interesa por aportar algo a la historia del propio personaje.

Bourne el indestructible, el táctico, el seductor, el arma, el atormentado; todas esas versiones del mismo personaje viven y se debaten entre sí para robar los pocos minutos en pantalla que sobran entre las escenas de acción. Porque no hay mayor opción que acudir a estos arrebatos de emoción para tratar de mantener atento a un público que no entenderá en su totalidad el desarrollo de las subtramas. Abre sin duda el discurso sobre la privacidad y sus derivados actuales, pero lo hace de una forma tan transitoria que se siente inconexa con un mundo que camina mucho más rápido.

Las referencias a gigantes como Facebook y Google (Sundar Pichai) existen para tratar de darle sentido a un discurso que Bourne no podía evitar. No estamos en el año 2004 ni la información viaja tan lento. El mundo social, los perfiles de individuos y una cohesión digital de las personas son algunas de las preocupaciones de los líderes tecnológicos de esta película. Pero lo hacen con tal timidez que no pueden evitar mantenerse políticamente correctos.

De manera absurda el problema en la cinta no es el actuar vil de los gobiernos, sino las manzanas podridas que infectan su “excelente” sistema. Todo se reduce a dos opciones: o estás con ellos o estás en contra. El derrotero patriótico no podría calzar más a fuerza. Bourne es ante todo, patriota. Porque protege a su país, incluso de él mismo. ¿Qué puede ser más atinado para la crisis de credibilidad que atraviesa Estados Unidos en temas de espionaje que eso ? ¿Qué mejor que devolver al hijo pródigo al nido para tratar de justificar los errores de agencias como la NSA o las filtraciones de guerra que han sufrido?

La misma película sugiere que no importa el nombre de la agencia o el programa tipo Threadstone que se quiera implementar; siempre habrá uno nuevo. Una constante que se actualiza, que cambia de piel pero que no deja de perseguir intereses sucios. ¿Jason Bourne logra captar todas estas sutilezas? En absoluto. El intento fue uno que levantó el polvo de la nostalgia por la dupla director-actor y que comprendió su dilema tecnológico, pero lo suavizo queriéndose escudar en escenas de acción bien ejecutadas. Ante todo sin duda, nos queda Moby con su eterna Extreme Ways, formulismo de franquicia y un sabor ultra cargado a conspiración norteamericana.

Vean cine, el cine es vida.

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