La Morgue ‘The Autopsy of Jane Doe’ | Crítica

El pálido horror sobrenatural


La morgue es un lugar en el que difícilmente la mayoría de personas podría trabajar. Ahí se vive con un lenguaje de detalles y de observaciones que cuentan historias a través de análisis y minuciosidad. Lugar que a la mayoría parecerá funesto, oscuro y lóbrego pero que sirve para desarrollar la historia de “The Autopsy of Jane Doe” traducida al español como “La Morgue”. Historia -y cinta- que no puede ser comprendida sino buscando entre pistas cuasi imperceptibles.

Espacios sanguinolentos al interior de una casa asediada por policías parecen engañarnos  cubriendo los primeros minutos de vísceras y violencia, pero que distan mucho del verdadero tono de la película. El hallazgo de un cadáver prístino enterrado en medio de aquella vorágine de sangre se convierte en el elemento perfecto discordante de la escena. Nos adentramos en el desconcierto producto de una escena de pesadilla que parece no tener sentido pero que nos invitan a desvelar.

Es este el momento preciso que utiliza la cinta para apuntarse al cine de misterio y al thriller, esperando confundir lo suficiente para despistarnos de su verdadera intención. La maravilla narrativa comienza cuando nos damos cuenta que nos hemos vuelto cómplices de un misterio forense. Es entre los instrumentos metálicos y una sensación de aislamiento que André Øvredal atrapa al espectador en un juego de misterio y preguntas sin respuesta. Tommy y Austin Tilden, padre e hijo que dirigen una funeraria en el sótano de su propia casa se encargan de la autopsia, y comienzan a escarbar -nunca mejor dicho- para comprender la historia que el cuerpo contiene.

Elementos tan pequeños como una campana o una canción en la radio con la frase “Open up your heart and let the sunshine in” son utilizados para sentar las bases de su propio juego. Los introduce con pericia y nos deja saber que los utilizará para crear la tensión alrededor de la película. En esta primera hora de historia los elementos visuales, sonoros y de iluminación se convierten en auténticos pilares para dirigir al espectador hacia ese sentimiento de incomodidad y aversión. Estamos inmersos en un procedimiento que valiéndose de tejidos y marcas trata de infligir en nosotros el mismo desconcierto que experimentan sus protagonistas, interpretados con destreza por Brian Cox y Emile Hirsch.

El último tercio de la película -el más flojo narrativamente hablando- es el que sugiere de manera discreta una crítica de violencia de género. Articulada y presente, pero apenas perceptible. Jane Doe, nombre que se le otorga a cualquier cuerpo sin identidad, se convierte en el vehículo perfecto para hablar de la violencia generada por la ignorancia. Aquella dirigida a cualquier mujer sólo por señalamiento, por desconocimiento o por simple sentimiento de superioridad. La que se engendra hacia todos los cuerpos que nunca son reclamados, los -y las- que viven sin nombre y que constantemente llegan -precisamente- a la morgue sin aparente pasado.

Los espejos, los cortes eléctricos y el confinamiento forzado sirven para reflejar cada faceta en la que avanzamos. Somos testigos de la opresión generada por observar aquellos ojos grises y mortuorios, que miran al vació sobre la plancha y que auguran lo peor. Esa simple toma de silencio, estática y sin vida es la que -irónicamente-  habla más en toda la película. Cinta que logra con muchísimos menos elementos lo que Unrest (2008, EUA) de Jason Todd Ipson no pudo en su momento al utilizar los cadáveres como su punto de partida.

Desperdicio aparte que merece ser mencionado, es el de personajes tan fugaces como el interpretado por Ophelia Lovibond que valen el tiempo en cámara para establecer más el carácter y personalidad de los otros personajes que para aportar algo más a la trama.

La Morgue es una película que cumple la dolencia del género, en el que las conclusiones parecen un poco endebles. Porque aún cuando Øvredal narra de forma excelsa los primeros dos actos, acelera su pendiente de espiritismo e ingredientes sobrenaturales hacia el último tercio. Por supuesto que esto de ninguna manera impide disfrutar la atmósfera ni la calidad de la cinta, que la sitúa por encima del promedio y entrega un eslabón fuerte al género. Porque aquellos ojos perdidos, nublados y  carentes de vida tienen más de una historia que contar y el cuerpo inerte múltiples sorpresas bajo la piel.

Vean cine, el cine es vida.

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