Maléfica | Crítica

La maldad reformada

La maldad es algo que adquiere la categoría de sublime cuando la podemos observar en la lejanía. Aquello que parece magnificente, inaudito y que nos aterra tanto como nos fascina. La maldad tiene algo particular que nos mantiene expectantes sobre todo aquello que pueda estar pasando por la cabeza de aquel que la encarna. Es el misterio y esa connotación de inexplicable desconocimiento lo que despierta en la mente del público la admiración total, aunque nunca se deje de sentir aversión.

La figura literaria no ha cambiado mucho a través del tiempo, pues en ella también todo lo oscuro y que va en contra del orden es derrotado de alguna forma. No hay cambio alguno sobre esta construcción pues lo que se requiere es la sensación de paz y que todo aquello que es justo siempre debe triunfar por encima de cualquier intento por alterar al mundo. El cine no es ajeno a todo ello, y de esta manera siempre ha situado a sus protagonistas como los ejes para contar historias que hablen de la manera en que superan los problemas que se les presentan.

¿Quién podría decir que una película comercial podría darse el lujo de contar una historia desde la perspectiva malvada y oscura? ¿Quién siquiera plantearía la posibilidad de retratar cómo la maldad es vencida? ¿Cómo generaríamos empatía con un conjunto de villanos que son reducidos a la ruina por sus acciones? No hay finales felices para ellos, ni tampoco en la fealdad la gente encuentra la satisfacción, no se descubre en sus haberes la empatía de un público infantil y adulto que relaciona la palabra Disney con un “vivieron felices para siempre”.

Maléfica no puede, ni quiere cambiar esta concepción. Se pelea con el símbolo, pues es a él al que quiere vencer, no a su construcción como película del bien y del mal. Esa es intocable, esa la supera por mucho, pues es la que le da su posición como producto. Que el cine en su cepa más comercial ha querido encontrar caminos mejor transitables para transformar el rol dela mujer es innegable, como innegable es también que este mismo cine es el que más esclavo es de su tiempo, lo social y lo cultural.

¿Por qué habríamos de pensar que la transformación es tan transgresora  como algunos quieren hacer creer? Hay un intercambio de roles entre el que es bueno y el que es malo, con la reserva debida hacia estas palabras que son demasiado genéricas, pero que en el cine de Disney siempre han encontrado su hogar más inmediato. Pero este intercambio es simple. La dualidad del humano es reducida a la circunstancia, al reaccionar de las acciones ajenas. ¿Cómo dar profundidad a los personajes cuando sus motivaciones no lo son?

La transformación que sufre un villano esta cimentada y le da su valor de villano al encarnarlo como una complejidad a veces incomprensible. La apertura de esta reseña se hace eco de esa fascinación que encontramos en la contraparte del héroe. Hannibal, The Joker o hasta los diferentes monstruos de películas de horror, llenan sin ningún tipo de traba esa magnanimidad que el mal cristaliza. Para todos ellos hay lugares especiales en el cine como figuras, íconos, símbolos que se instauran en la memoria de quien mira película.

Y se vuelve a hacer presente este sentimiento de dualidad, que no de neutralidad. La neutralidad en el ser humano (o en las hadas siendo el caso) es la más falsa de las trampas. No es “no ser bueno ni malo, sino algo más” es aquello que no podemos dejar de ser: somos seres duales que contienen ambas caras, no que carecen de ellas. Ahí es donde Maléfica protagonizada por Angelia Jolie se mantiene conservadora, pues no aprovecha su oportunidad de complejidad. Todo lo contrario, solo entrega razones circunstanciales que viéndolas con detenimiento no sirven ni siquiera para sostener la transformación del personaje principal.

Lo malo que siempre será malo, lo bueno que aún con el acontecer de las cosas, siempre actuará acordé a la buena moral. Que ello no demerita en absoluto el trabajo actoral de Jolie, algo que casi estaba perdido pues rescata una película que deambula entre el limbo del olvido y una suerte de revaloración del personaje. Pero hablamos de un lavado argumental más que de entender realmente las causas de su aparente alineamiento al mundo de la maldad.

La bella durmiente de 1959 vivía presa de los valores de su época, pero representó un salto enorme en el dibujo de sus personajes y escenarios que casi justificaban la historia cargada de estereotipos. Porque funcionaba, porque sus personajes tenían lo que Disney necesitaba para ese momento. Maléfica también quiere dar ese salto para conectar con lo que necesitan y quieren ver las espectadoras. El amor sacado de su vieja carcaza en fórmulas que han probado Brave y Frozen respectivamente.

Pero cine que a fin de cuentas sigue manteniendo los íconos de la princesa, la realeza, la riqueza, los castillos y sus vidas resueltas en un mar de lujos.  ¿Esto realmente condena a Maléfica? Por supuesto que no, aun cuando su valor principal sea el empoderamiento de su protagonista, lo hace cayendo al extremo opuesto. Se pierde el valor completo de hombres y mujeres, y se eligen bandos. Aunque esto no resta en absoluto esa sensación de grandeza al mirar su construcción visual, así como la impresión al recordar el fulgor verde característico de la película. Ahí encuentra sus mejores armas.

La maldad tiene un punto débil, y es el de no poder encarnar historias como protagonista, porque en ellas siempre está destinada a perecer. No tenemos más que antihéroes que de todas maneras plantean la misma resolución. Tienen un sentimiento de justicia muy personal pero siempre terminan, en este actuar correcto que los redime de sus pensamientos y acciones frías o solitarias. Y es este mismo enemigo el que nunca nos iba a entregar una película de Maléfica como la villanía solicita. Aquella que nos adentrara a lo oscuro, a los recovecos de la maldad más pura, a lo estético en lo horrendo.

Sin duda para eso tenemos otro tipo de cine que experimenta más con estas concepciones, aquel que nos transmite la sensación de insatisfacción, no porque la concibamos como un mal cine, sino porque frustra nuestras ansias por el final feliz. Estamos tan acostumbrados a los cierres que difícilmente soportamos los finales inconclusos, y uno de ellos es aquel en el que todo lo incorrecto se instala como la regla y no la excepción.

Con esto dicho ¿quién puede culpar a Maléfica de convertirse en su propia enemiga? ¿Quién puede decir que no intenta con los ajustados medios que tiene, sobrevivir como puede? No es el punto de vista de Maléfica, por lo menos no la que conocemos; es una nueva Maléfica que pide a quien la mire, que se olvide todo lo que conoce de ella. La maldad tendrá que esperar para tener un estandarte que rompa todos los esquemas que concebimos y que nos hacen sentir cómodos. Porque a final de cuentas ¿Qué maldad más grande que esa podría haber?

Vean cine, el cine es vida.

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