Nerve: Un juego sin reglas

Un juego sin reglas pero con muchas limitaciones.

Internet representa actualmente nuestro sitio favorito para buscar contenidos. Digerimos todo tipo de videos, escritos, imágenes y en muchas ocasiones este mismo contenido nos enseña una parte oscura de nosotros mismos. La red de redes se ha vuelto un cúmulo de vouyerismo que solo pide a cambio tiempo y un alias. Nerve es un nuevo juego que bien puede existir ahora mismo en las tiendas virtuales sin que queramos aceptarlo del todo. Las reglas son simples, si eres jugador tendrás que cumplir retos; si eres un observador tendrás que pagar para seguir mirando.

Nerve nace como una película ciertamente enfocada al público más joven, ávido de mirar horas y horas de videos. Esta generación está acostumbrada a trasladar la experiencia sensorial o física de sus vidas a la red y vivir a través de otros. Pero en su núcleo cinematográfico “Un juego sin reglas” (título en español) no puede re-negar la verdad sobre su génesis: es y siempre será una película de “high school” norteamericana bajo capas de estética tecnológica, guiños a la privacidad y al anonimato digital.

Nerve sin duda comprende muy bien su papel desde el inicio, gracias también a la mano de sus directores Henry Joost y Ariel Schulman (Catfish 2010).  La pantalla es la reina de la película. Las hay de todos tamaños y formas, pero lo realmente importante es que se encuentran en todas partes. Mirar es válido, inclusive para los que lo hacen por simple curiosidad, pero la película pretende demostrar que sólo observar no es suficiente.

El verdadero desperdicio es que lo hace a través de una trama que se centra en el desarrollo romántico de dos desconocidos que juegan en la aplicación. Y aquí Nerve se estanca en estereotipos que recuerdan por veces a Hackers (1995) de Iain Softley y en muchas otras a cualquier otra película de preparatoria adolescente.

Producciones como Nerve tienden a ser frescas cuando nacen, pero como hablan de un marco tecnológico tan específico muchas veces se avejentan aceleradamente. Parecen hablar el mismo lenguaje de la generación imperante. Acostumbrada sin dudas a volcar toda su vida en espacios digitales.

Videollamadas, pantallas, notificaciones y un tropel de aplicaciones para “mejorar la vida” son el cocktail que sirven para conectar con un público ansioso de nuevo contenido. La cinta acierta en este sentido y también en ofrecer una experiencia que es semejante a los videos virales llenos de adrenalina. La gente, eso sí, parece querer ver lo inevitable, lo trágico; siempre esperan que algo salga mal en estos videos.

En tanto da una ligera bofetada a la mayoría de personas en internet que se esconden detrás de un alias, se desentiende de abordar completamente la parte de acoso y morbosidad que ronda en cada bit de la red. Lo arañan y coquetean con él sin darle acceso a la trama o a cualquier otro elemento que los pudiera poner en desventaja.

En Nerve se pasa de un realismo absorbente a través de auténticos paralelismos sociales a una fantasía adolescente que no encuentra una salida satisfactoria. Lo que a bien construye en su introducción y desarrollo, lo desecha en un cierre marcado por la parafernalia y el absurdo. En él, todo el vouyerismo en la red es solo una enfermedad curable y no una manifestación real del placer malsano de muchas personas. Salida utópica ultra positiva.

En la cinta además, la presión del grupo se vuelve guionista y se convierte en partícipe activa de lo que sucede en la vida de los “jugadores”. Retrato sin duda de lo condicionados que están los individuos por encajar aún a costa de su propia integridad actualmente. Las redes sociales nos lo han dejado muy claro.

Pero ante todo es a su vez una revisión a la clásica superación de una chica apagada de preparatoria que solo necesita un empujón (y un estereotipo de hombre aventurero, audaz y temerario) que le enseñe a florecer y “cumplir sus sueños”. De ahí, nada que rescatar. Pero si vemos a Nerve como un juego de persecuciones, con una estética ecléctica entre paraísos neón e interfaces electrónicas quizá podamos encontrar algo de valor en su propuesta. Las ideas que postula, son interesantes sin duda. Pero como una idea fugaz, o un pensamiento de 140 caracteres, su frescura será tan breve que el cine estará afanoso de devorar el siguiente contenido disponible, cual auténtico adolescente digital.

Vean cine, el cine es vida.

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